Hace unos meses que envío un vídeo paritcular a mis amigos tras ciertos partidos de fútbol. Tras partidos de posesión estéril, balones rasos y al pie, pocas ocasiones y ritmo bajo. Partidos, en definitiva, como el de España contra Cabo Verde de hace algo más de un mes, que me desesperó hasta el punto fatídico de, por primera vez contra mi propia selección, enviar el vídeo de Jorge D’Alessandro.
Vaya por delante que no soy aficionado de El Chiringuito. Como tantos otros programas de televisión de emisión frecuente, El Chiringuito es un circo: un lodazal sensacionalista carente de información ni valor más allá de lo superficial. Es, en resumidas cuentas, telebasura, por lo que se maneja en los códigos y formatos de la telebasura: entretenimiento y retención por encima de todo lo demás. Quien busque análisis profundos y sesudos se ha equivocado de cadena.
A pesar de todo, ocasionalmene sale de ese estercolero, como un grano de maíz intacto en un montón de mierda, un análisis simple, pero correcto. Los códigos y formatos de la telebasura suelen hacerlo especialmente memorable. Por eso nunca he borrado el vídeo de Jorge D’Alessandro de mi móvil, y confieso que a veces incluso lo veo para desahogarme.
El programa del que se extrae se da tras los penaltis de la Final del Mundial de Qatar 2022. D’Alessandro, como Argentino, está celebrando (no sin sorna y chulería) la victoria de su selección y, eufórico, rompe en monólogo. El vídeo es relativamente largo, pero la parte importante es esta:
“¡El medio del campo cambió de estilo! Porque ya 4-2-3-1, ¡fuera! Doble pivote, ¡fuera! (...) ¡Ganó el vértigo, el fútbol cambió! ¡Los tres volantes de argentina vuelan! (...) Argentina jugó con tres chicos que vuelan y generó algo diferente. Aunque hubieran perdido, hubiera cambiado el fútbol.”
— Jorge D’Alessandro
Yo vi esa misma final y tuve esa misma sensación. Siempre se ha dicho que el ataque gana partidos y la defensa, campeonatos, pero Argentina salió campeona del mundo con una defensa bastante deficiente y que regaló el empate a Francia dos veces. Terminó por no importar, ya que el equipo fue capaz de encontrar a Messi con espacio para pensar y ejecutar con bastante facilidad. No es que la defensa de Francia fuese incapaz, sino que Argentina (especialmente en el centro del campo) imprimó un ritmo al juego para el que los centrocampistas galos no estaban listos. Viendo las repeticiones de los goles, casi parece un entrenamiento: prohibido tocar el balón dos veces o hacia atrás.
A raíz del fútbol rápido de Argentina hemos visto una idea de juego mucho más brutalista en estos cuatro años. Los futbolistas se asemejan al resto de atletas cada vez más: se busca la fuerza y la resistencia físicas por encima de la técnica, el toque divino y la visión de juego. Por primera vez en más de medio siglo, la idea de juego inglesa - favorecer las carreras, los centros y los remates potentes - iba cristalizando en un plan ganador. Estos planes siempre incluían cuestiones tácticas más profundas, por supuesto (la mejora en los esquemas de presión en esta década es especialmente destacable), pero la victoria del fútbol de ida y vuelta lo es todavía más.
Con este rendimiento Argentino aún recorriendo mi cabeza, me di con un tweet en el que un compatriota se lamentaba con nostalgia de la humillación del Mundial de 2014 y, en el proceso, se refería al juego español de 2012 como “el peak del fútbol”. Yo, siempre tan coqueta y a la moda, respondí lo siguiente:
“Lo tenemos muy idealizado, pero el tiki taka en realidad no es ninguna panacea. Es una táctica como cualquier otra que resultó muy efectiva unos años, hasta que se descubrió la forma efectiva de contrarrestarla. No tiene más. Es cierto que el periodo de dominancia del tiki taka es inusualmente largo y que también es un estilo muy característico, pero (especialmente en nuestro país) lo tenemos idealizado hasta las trancas y no es pa tanto.”
— @wikiales
Tuit de @wikiales
Lo tenemos muy idealizado, pero el tiki taka en realidad no es ninguna panacea...
Adjunto el tuit original porque, aparte de que no me arrepiento de haberlo escrito, creo que la parte más interesante son las respuestas del resto de usuarios. Bajo mi post se reunieron una docena de futboleros con toda diversidad de niveles de alfabetización a decirme que era un cuñado, un tonto, un ignorante de la historia del fútbol y un gay. Diría que tres de las cuatro acusaciones son infundadas, y reconozco que no me esperaba semejante reacción a mis comentarios: tal y como veo yo el fútbol, ningún equipo ha ejecutado el estilo de posesión asfixiante que caracteriza a la selección española al máximo nivel en bastantes años. Al contrario: la última década ha visto el crecimiento constante de la importancia del juego sin balón, los esquemas avanzados de presión y contrapresión y, para aquellos equipos sin estado de forma para hacer ese bello juego, un mayor énfasis en el bloque bajo compacto y el aprovechamiento del balón parado. En este baile, el juego abierto de combinación ha quedado limitado a los pocos equipos que junten sus numerosos y exigentes requisitos: centrales con buena salida de balón, un centro del campo de talla mundial, un portero con la habilidad y seguridad para unirse a la salida de balón y, más que nada, un vestuario en el que pese más el equipo que cualquier individualidad. Incluso los pocos conjuntos que tienen la suerte de contar con todas estas bendiciones suelen concluir que les conviene jugar a un fútbol con más ocasiones de gol para no requerir de tanta efectividad. Véase: la selección Argentina.
Tras el partido de España contra Cabo Verde reenvié el vídeo de Jorge D’Alessandro a mis amigos otra vez. No me podía creer que otra gran oportunidad nacional con otra gran plantilla se estuviese echando a perder de forma tan familiar y frustrante. Le di mil vueltas al planteamiento de España en mi cabeza, pero no fui capaz de encontrarle sentido: ¿por qué movíamos el balón en U como si tuviésemos miedo de los ataques de Cabo Verde? ¿Por qué dábamos todos los pases al pie? ¿Por qué nadie buscaba los espacios? En definitiva, ¿por qué tirábamos un partido del Mundial haciendo lo que no nos funciona en catorce años?
Espero que no sea necesario recordar al lector que, a través de la magia del balón, el juego de combinación y la negación absoluta de la posesión al rival, España logró conquistar el mayor trofeo del deporte global. Desde entonces no he podido parar de pensar que me equivoqué al respaldar por completo el juego de transición y que, en realidad, la posesión y el dominio siempre han sido la respuesta en el fútbol. Sin embargo, al analizarla de cerca, creo que esta es la misma piedra de antes, asi que seamos cabales y evitemos tropezar con ella de nuevo: ¿tenía razón D’Alessandro? La evidencia ya descrita no cambia, la nueva victoria de España es solo un giro argumental en la trama del fútbol brutalista, pero la intensidad del golpe de efecto que supone no se puede ignorar. ¿Comenzarán los equipos a jugar como esta España? ¿Volverá a estar de moda el fútbol de Guardiola? ¿Será el retorno del 10 la gran sorpresa de la segunda mitad de década?
Mi respuesta, querido lector, es tan sencilla como frustrante: puede que sí y puede que no. Aunque la victoria de Argentina supuso un cambio de paradigma en el fútbol mundial, las alteraciones de fondo venían cocinándose desde antes y son producto también de dinámicas externas, sobre todo relativas a la formación temprana de los jugadores. De igual modo, la plantilla española para el Mundial norteamericano contaba con muchos lesionados en ataque, mientras que las otras dos líneas llegaron en un estado de forma formidable. España, fuera de jugar adherida al dogma, hizo justo lo que yo le exigía: adaptar su táctica al talento disponible en el vestuario para obtener el máximo rendimiento de la plantilla. En este caso, resulto ser el juego de posesión defensiva que Miguel Quintana ha llamado, afectuosamente, “tikinaccio”, pero también cabe preguntarse cuántos equipos en el mundo tienen jugadores con buen toque y salida de balón en todas las posiciones, especialmente en proporción a los equipos que simplemente tienen una plantilla muy rápida o con una presencia física intimidante. Con todo, es previsible que muchos equipos técnicos tratarán de copiar el éxito de España, como suele pasar tras los grandes torneos, al margen de que convenga al club o no.
Aunque es embarazoso, me parece que Jorge D’Alessandro tenía toda la razon y que, en esta ocasión, el cateto he sido yo. Ganó Argentina, ganó el vértigo y el fútbol cambió, pero no progresó: vivimos unos años de mayor fisicalidad y ritmo de juego, que podrían ahora verse derrocados (o no) por el motín de la posesión. Ganó España, ganó la paciencia y el fútbol cambió, pero no progresó. Y, como siempre, avanzaremos en perfeccionar el estilo de juego en boga y nos veremos absorbidos por su color y su tacto, quizás incluso llegando a pensar que estamos dando con el fin de la historia. Y, justo entonces, con la miel de la ilustración definitiva en los labios, el fútbol volverá a cambiar. Como siempre.