Cumplí 18 años en 2021. En las primeras generales de mi vida, voté a Sumar. Atendí la Asamblea de Sumar de verano de 2024. Me hice miembro el mismo día que abrieron los registros. Atendí la Asamblea de 2025 como Delegado Territorial y, ese mismo año, acepté la oferta de la coordinación de formar parte del Grupo Coordinador Autonómico y entrar de lleno en la vida orgánica del partido.

Hice todo eso con un profundo convencimiento y una gran afinidad. No tomé ninguno de esos pasos a desgana; al contrario: mi sensación siempre fue de haber encontrado un proyecto bien enmarcado y alineado con mis intereses.

Hoy, siento que no puedo continuar en el partido y dejo tanto mis cargos como la militancia. No solo eso, sino que creo que la izquierda española está abocada a una travesía en el desierto que le hará la vida imposible durante años. ¿Qué ha cambiado?


Parte A: Más allá de Podemos

Cuando deja el gobierno (y, finalmente, la política), Pablo Iglesias se va muy desgastado y con gran parte del que había sido su espacio político fagocitado por el PSOE. Yo ya llevaba dos años y medio pensando que debía dimitir pero, después de su aventura como vicepresidente y el escaso impacto que había tenido la formación del gobierno de coalición en la salud del espacio de la izquierda alternativa, se había vuelto evidente que su continuidad era inviable. Para entonces ya había emergido el liderazgo de Yolanda Díaz, tanto así que era considerada la líder informal de la izquierda por todos y el propio Iglesias la propuso como vicepresidenta tras su salida del gobierno.

El liderazgo de Díaz era reseñable por tres razones:

  1. Su estilo: Tranquilo, simpático y comprometido con lo público, chocaba frontalmente con lo que había definido a la izquierda desde el 15M: la confrontación constante, el populismo y las llamadas a las armas. No creo que fuese coincidencia que esto sucediese a la vez que la izquierda entraba en el gobierno: hay que ser muy tonto o muy hipócrita (o ambas) para pensar que puedes ser el azote del gobierno a la vez que gobiernas.
  2. Un activo renovador: Díaz suponía el primer activo valioso que la izquierda había sumado a sus filas desde los inicios de Podemos. Los protagonistas de esta era son, por lo general, los mismos de cinco o seis años atrás: Iglesias, Montero, Garzón, Colau, Oltra, etc. Yolanda Díaz llevaba en política muchos años, pero su estrella no brilló de verdad hasta que fue ministra. Esa fue su hora.
  3. Un proyecto nuevo desde cero: Contra lo que muchos esperaban, Yolanda no se propuso liderar Unidas Podemos, sino que visualizó un proyecto nuevo que pudiese empezar de cero, reenfocar las prioridades del bloque de la izquierda y volver a tejer relaciones con otros actores de la izquierda confederal que habían salido “rebotados” de la experiencia con Podemos.

Sobre el papel, esta propuesta tenía todas las de ganar. La política está cada vez más orientada al personalismo y los liderazgos individuales, y el de Yolanda demostraba su potencia allá donde uno volviese los ojos. La unidad de la izquierda también facilitaría la tarea: en años recientes, las escisiones y alternativas regionales se habían encontrado en claro ascenso, algunas de ellas (pienso, sobre todo, en Más Madrid y Compromís) con grandes resultados. Pero incluso aquellas menos convincentes (Drago Canarias, Adelante Andalucía, Batzarre y un largo etcétera de siglas) restarían votos de cara a las próximas generales, por lo que sería interesante la integración multilateral. Por último, la frescura tanto del estilo como de la propia figura de Yolanda Díaz facilitaría la percepción de ruptura limpia en la mente del votante, evitando que alguno sienta que lo que ha sucedido es una mera refundación del espacio ya existente con la misma gente y las mismas prioridades.

Tristemente, el proyecto ya nació de nalgas con el desplazamiento a la plaza pública de las negociaciones por parte de Podemos, abriendo un cisma entre los dos actores que solo se ha agravado desde entonces, incluso siendo ambos infinitamente más débiles, incluso estando en los huesos. Podemos finalmente acepta concurrir de forma conjunta, pero huye del grupo parlamentario a las pocas semanas y declara la guerra por todos los medios a Sumar. En resumidas cuentas, Podemos utilizó a Sumar para sacar un puñado de diputados que, a todas luces, no hubiese obtenido por su cuenta, y a usarlos para llevar a cabo una campaña permanente de desgaste al proyecto de la vicepresidenta.

Podemos también escogió presentarse aparte de Sumar en todas las convocatorias, perdiendo ante nosotros en cada una de las citas en las que hemos competido. Pero lo cierto es que Podemos parece haber logrado lo que se propuso: la división, sumada al correcalles de confección de candidaturas para las autonómicas de 2024, sin siquiera estar constituido Movimiento Sumar a nivel regional, llevó a que Sumar también tuviese unos resultados muy pobres y mutase la percepción del espacio hacia un modelo coral. Este proceso llega a su cénit en las elecciones europeas de 2024, en las cuales Sumar hace una campaña pésima con una candidata desconocida y le da la espalda a IU a la vez que Podemos (las cosas como son) ejecuta un buen plan. Incluso con esas Podemos no logra vencer, pero da igual. El daño está hecho y ya nada volverá a ser igual, y la prueba está en lo que pasa después: la marca Sumar desaparece de las citas electorales e IU vuelve a liderar el espacio.

Tras la salida de Yolanda Díaz como líder, el partido pasa del modelo personalista a un sistema absolutamente demencial de burocracia infinita, comités, secretarías, grupos de trabajo, grupos coordinadores, equipos de respuesta rápida, federaciones, doble coordinación y un largo etcétera de curiosidades organizativas dignas de una infografía hecha con IA. Estas cosas pueden tener cierto sentido en organizaciones muy masivas que no tienen otra esperanza de llevar ninguna actividad a cabo, cosa que nuestro partido no era, no es y seguramente no será. Lo que prometía ser un partido ajustado a las necesidades del siglo XXI, con un liderazgo central y fuerte y un discurso adaptado y adaptable a la coyuntura se ha convertido en el enésimo experimento de política colectiva de la izquierda, por si necesitásemos más pruebas de que no funciona.

Por la parte que me toca, la gente de Movimiento Sumar con la que he tenido relación siempre ha sido encantadora, activa y comprometida. No creo, como ya he expuesto, que el problema sea su carácter.

Durante el ciclo electoral de 2024 mantuve una conversación con un familiar de Podemos. Recuerdo claramente decirle que podía ganar Sumar o podíamos perder los dos, pero que el resto de escenarios habían quedado descartados. Viendo las encuestas hoy, con ambos partidos en números dignos de la IU menos competitiva, debo decir que me siento tristemente validado. Hemos perdido los dos.


Parte B: Más allá de Sumar

Pese al desgaste que nos ha supuesto la pugna eterna con Podemos, creo que es una batalla que podríamos haber ganado con una mejor estrategia, tanto así que considero más grave nuestra propia actuación en el asunto que la de Podemos. Con el daño hecho y el partido en un estado casi catatónico, creo que es hora de valorar las alternativas. Soy segoviano, por lo que las únicas dos fuerzas en las que podría integrarme son Izquierda Unida y Podemos.

Con Podemos seré breve. Como mucha gente de Sumar, vengo de ahí y no quiero volver. Incluso entonces, creo que Podemos ha empeorado mucho desde que me fui y que, en esencia, ya no es un partido político. Su meta ha pasado a ser la acumulación de poder y recursos en un medio de comunicación, mientras que lo institucional ha pasado a un segundo plano. No pondré en duda sus metas ideológicas: estoy seguro de que existen, pero cada vez me siento menos alineado con ellas, hasta el punto de que creo que estaría igual de perdido militando en Podemos que en casi cualquier otro partido.

El de Izquierda Unida es un caso algo más complejo, y su análisis puede servir de metonimia de los problemas que atraviesan a la izquierda en general en los últimos años. IU es, esencialmente, el PCE. Éste sigue operando con unos marcos obsoletos, dignos del siglo XX. Sus estrategias para la captación del votante son inexistentes; se limitan a convencer a aquellos que ya son de izquierdas, pero no demuestran ningún interés en captar voto no ideologizado, tan importante hoy en día. Su ideología no es mala, pero sus notas resonantes son, de nuevo, las del eurocomunismo del siglo pasado, sin apenas actualizaciones que la correspondan con los esquemas mentales de la sociedad. Como demuestra el artículo publicado hace poco por varios disidentes del PCE, esta situación es causa del consenso interno, no de la imposición de un líder pasajero. El PCE opera así porque es parte de su identidad, pero este mismo modus operandi le deja en fuera de juego para el nuevo siglo. Podríamos decir lo mismo de cualquier partido de izquierdas continuista con la izquierda del siglo pasado en Europa.

Hablando ahora en general, me parece claro que el problema discursivo de la izquierda no está acotado a ningún actor particular. Nuestro espacio habla de cosas que, en general, la ciudadanía no tiene entre sus prioridades. Desconozco exactamente por qué somos tan alérgicos al riesgo y al crecimiento y preferimos escudarnos en paradigmas polvorientos, pero es observable tanto en la vieja izquierda, que habla de intereses de clase, el hilo rojo de la historia y la política de masas, y la nueva, que está sumida en una respuesta constante al zeitgeist y ha renunciado a todo liderazgo. Esta situación no tiene visos de cambiar: ambos se encuentran cómodos en su dinámica, y prefieren la comodidad al éxito.

Esta situación, por su extensión en el tiempo y carácter universal, me parece tan grave que me atrevo a afirmar que estamos entrando en un estado de catatonia progresista que perdurará durante, por lo menos, varios años. Diez años después del asalto a los cielos y la rivalización por la hegemonía contra el PSOE, la izquierda se encuentra en estado de liquidación, sin cuadros prometedores ni planes de crecimiento electoral y ante un PSOE cada vez más capaz de aglutinar a su votante. El destino, si no me equivoco, es Italia.


Parte C: Más allá de la izquierda

Me afilié a Movimiento Sumar en 2024, con el partido dando ya señales de agotamiento y yo albergando muchas dudas sobre su futuro éxito. Lo hice porque Movimiento Sumar representaba, en esencia, mi ideología. Una y otra vez, me había visto en la misma trinchera que Yolanda Díaz: nítidamente a la izquierda del PSOE, pero sin caer en el idealismo estéril de Podemos. Creo que el partido sigue manteniendo esa cosmovisión, pero temo que ha sucedido algo que no esperaba del todo: soy yo el que ha cambiado. Hoy en día me encuentro más moderado que en años pasados, tanto que, leyendo el periódico, muchas veces me siento más afín con la posición del PSOE que con la de Sumar.

Digo esto porque, por importante que sea, todo lo expuesto en las partes A y B sería excusable si yo creyese que Movimiento Sumar es el motor del cambio que yo quiero en España, y esta es una cuestión profundamente ideológica. Pensemos en la insistencia de la (para nada denostable) militancia del PCE en una forma de hacer política que no da frutos desde el periodo inmediatamente posterior a la transición. O, mismamente, en la gente que continúa en Podemos, partiéndose la cara por un partido agotado y en el que no parecen creer ni sus dirigentes. Su teoría del cambio está alineada con la de su partido porque su ideología también lo está, y la teoría del cambio es una parte fundamental de la ideología.

Con esto quiero decir que, aunque hace dos años pensaba que el partido estaba mal gestionado, seguía creyendo en la idea subyacente y, por tanto, en su capacidad de tener éxito, aunque atravesase un mal momento. Tras los últimos años, me parece evidente que me equivoqué. Movimiento Sumar se ha convertido en un actor más en el denso tejido de grupúsculos de la izquierda alternativa, sin liderar desde ninguna posición en particular y sin una teoría del cambio más allá de la mejoría material de la vida de la clase trabajadora a través de políticas públicas, un enfoque que ha resultado insuficiente para este siglo XXI. Continuar en Sumar después de este fracaso sería un trampantojo intelectual. Creo que el proyecto, tristemente, ha fracasado.

Dadas estas diferencias de opinión, creo que mi presencia en Sumar no solo es contraproducente para mí en lo personal, sino también para el partido, que se merece estar dirigido por personas comprometidas y convencidas. Me entristece irme así, porque solo tengo halagos por el trato que he recibido en el partido y tengo cariño a los compañeros, pero creo que ellos también se merecen estar junto a alguien que comparta su compromiso. Abandono mis cargos y la membresía de Movimiento Sumar por todo lo expuesto, pero sobre todo para remediar mi disonancia cognitiva y ser fiel a lo que pienso y siento.


El vacío

Con todo esto dicho, solo me queda hablar de una cosa: el vacío. Tras vivir el espacio de la izquierda siendo joven, la desaparición de su relevancia deja un gran vacío, más aún cuando la esperanza había sido renovada hace unos pocos años.

El vacío viene de la evolución de mi teoría del cambio y de mi moderación; de ser honesto con uno mismo. Este vacío, creo, no tiene remedio. Es el desenamoramiento con el idealismo que sufrimos (casi) todos tarde o temprano. Algunos lo llamarán madurez. Otros rendición, cobardía. Yo, por mi parte, simplemente creo que es una puta mierda.